The Washington Post
dejó de ser un pequeño periódico local cuando publicaron los Papeles del
Pentágono. Era mediados de 1971 y la presidenta del diario, Katharine Graham, tenía
que decidir entre publicar o no un informe de alta confidencialidad sobre la
Guerra de Vietnam. Graham, la primera mujer que lideraba un diario en la
historia de Estados Unidos, se veía forzada a vender más de 3 millones de
acciones a la Bolsa de Valores para sobrevivir; mientras que, por otro lado, un
fallo judicial obligaba a los diarios a no difundir nada sobre los Papeles del
Pentágono, documentos que su diario había adquirido mediante una fuente.
Entre el dilema de
arriesgar la rentabilidad de la compañía e ir a la cárcel por desacato, surge
“The Post”, una potente película protagonizada por Meryl Streep, que hace de
Katharine Graham, y Tom Hanks que encarna a Ben Bradlee, editor del diario.
Por ese entonces, The
Post era un pequeño diario que vivía bajo la sombra del The New York Times: no
tenían sus ventas, ni sus investigaciones, ni su envergadura y posicionamiento
nacional e internacional. Pero no fue hasta la mañana del 13 de junio del 71,
cuando la redacción de The Post sintió la más fuerte estocada. Trataban de
digerir el informe que todo periodista hubiera deseado publicar en ese momento:
“Vietnam Archive: Pentagon Study traces 3 decades of growing U.S. Involvement”
(Archivo de Vietnam: Un informe del Pentágono rastrea tres décadas de
intervención creciente de EE.UU.). Ese fue el titular del Times.
Tom Hanks, en su
sobrio rol de Ben Bradlee, no soporta la idea de que el Times esté siempre un
paso adelante. En un ataque de cólera ante la diferencia de portadas (ese día
The Post había publicado en titulares las fotos de una boda), decide visitar a
Katharine Graham, porque se movía con fluidez entre personajes de las altas
esferas del poder, como McNamara, secretario de Defensa hasta 1968. Katharine
tenía buenos lazos entre políticos y personalidades, porque se crio en la alta
sociedad con toda la educación propia de su alcurnia. A pesar que estudió
Periodismo, su padre no la consideró para heredar el diario tras su muerte,
sino que escogió a su esposo Phillip Graham, un abogado egresado de Harvard. Al
morir, Katharine hereda la empresa, enfrentándose a los
comentarios sexistas de la época.
Su editor Ben Bradlee la visita para
pedirle que use sus influencias para acceder a los archivos, pero se niega. No
publicar los Papeles del Pentágono era un alivio, porque no afectaba su venta
de acciones. Ben era el típico editor sabueso que no se detenía hasta lograr
que la verdad salga a la luz. Tras
una serie de eventos, un miembro del cuerpo periodístico logra ubicar a Daniel
Ellsberg, el que filtró los documentos originalmente al Times. Él había
participado en la elaboración de un estudio ordenado por el Departamento de
Defensa, o Pentágono, sobre la evolución de la guerra en Vietnam durante los
gobiernos de Eisenhower, Kennedy y Johnson, los cuales ocultaron a su país que
la guerra en Vietnam estaba perdida, pero no revelaban nada para sus intereses políticos.
—Mandaban a matar a
jóvenes para que se evite la deshonra de perder.
Daniel Ellsberg le
dice estas palabras a Ben Bagdikian, otro de los editores de The Post, que
logra contactarse con él tras la sentencia emitida contra el Times. Nixon, el
presidente durante el complot, seguía el hilo. Ellsberg inicialmente le dio una
copia a Sheenan y el 13 de marzo de 1971, para humillación del Post, el Times
publicó la primicia. Tras esto contacta a Ben y éste llega a persuadir, con el
apoyo de Ben Bradlee, para que se publique en el Post.
Los periódicos más
importantes de Estados Unidos se unían a una lucha nunca antes vista por la
libertad de expresión, porque también atentaban contra la Primera Enmienda. The
Post veía la primera aurora que haría que esté a la altura de The New York
Times.
—Seguimos de nuevo
en el juego —dice durante la película el editor, frotando sus manos, como quien
está a punto de cocinar algo delicioso. “Seguir en el juego” era una frase
típica de Ben Bradlee para manifestar que aún le estaban pisando los talones al
Times.
Pero todo solo se
volvía más difícil. El editor en jefe, Ben, tiene que hablar con Katharine
Graham para que lo apruebe. Al fin y al cabo, era el diario, los trabajadores y
especialmente ella los que se llevaban la peor parte. Graham tenía una relación
amical con McNamara, pero su editor le recuerda que ella también tiene una
relación con el diario, con sus lectores, con la población estadounidense.
En una disputa
anterior, Ben Bradlee le recordó que antes los periodistas y políticos asistían
a las mismas cenas, a los mismos cocteles, bebían los mismos tragos y fumaban
habanos mientras contaban chistes y se peleaba una guerra. Pero eso tenía que
cambiar. El mismo Ben había sido un gran amigo de Jackie Kennedy y Graham había
visitado al rancho de los Lyndon y subido a su avión, como amigos. Tenían que
tomar una decisión, así que tras consultarlo con sus abogados y a sabiendas de
un posible negativo desenlace, deciden publicar el informe. Lo demás es
historia.
El thriller
periodístico dirigido por Steven Spielberg es bien manejando con un lenguaje
visual rico, con contraluces y claroscuros propicios. Tal vez la escena
dramática mejor lograda, es cuando Ben entrega a Graham una bolsa con varios
periódicos locales que siguieron su ejemplo y decidieron replicar su destape.
“Una pequeña rebelión”, como dice humildemente uno de los editores. Cuando
llega al tribunal, Katharine Graham sale y los directivos del Times hablan con
la prensa, mientras que ella camina sola por un lado y, sin darse cuenta, yace rodeada
de una cadena de mujeres de todos los rasgos mirándola, como haciendo una
reverencia. La única escena con ese toque, porque Graham siempre estaba rodeada
de hombres. En tiempos de NiUnaMenos, MeToo, y de la posverdad, esta película
juega con varios elementos acorde a nuestros tiempos.
La toma final de la
imprenta brinda un tufillo contextual preciso, rememorando la etimología de la
misma palabra “prensa”. Le dan especial énfasis a la escena, porque muestran minuciosamente
el proceso de la producción de un diario: los engranajes, palabra por palabra
prensándose, los maquinistas tecleando y los hombres con bata midiendo cada
pieza. Los diarios vomitados por una enorme máquina y los editores caminando
entre ellas, rodeados de periódicos que desfilan, que suben y bajan, que se
producen para luego terminar en un quiosco o arrojados por los canillitas en
las puertas de las casas.
“Los fundadores le dieron
a la prensa libre la protección que debe tener para cumplir su papel esencial en
esta democracia. La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”.
Luego de terminar la película, estas palabras emitidas por el juez al dar su
sentencia, pone fin a la cacería de brujas y resuena como una máxima. El
periodismo y la política son dos fuerzas que interactúan, pero que siempre
están a la vanguardia del otro. Pero, al menos por una ocasión específica, la
libertad de prensa en Estados Unidos fue más radiante que nunca.

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