miércoles, 4 de julio de 2018
domingo, 24 de junio de 2018
La dama del cacao
En Ucayali la historia de una comunidad de mujeres demuestra que, tras décadas de subversión y plantación ilícita de coca, se puede surgir cultivando cacao.
“Soy Silvia Elizabeth Iparragué Paredes, presidenta del comité de mujeres chocolateras, chocolate corazón”. Silvia tiene la mirada de quien parece dar afecto luego de la tempestad, la voz tenue —algo rajada pero armoniosa—, viste un polo rosado que dice “Miracle (milagro, en inglés)” y usa una especie de pañoleta que oculta su cabello, que parece ser castaño.
Ella vive en un pueblo que da la bienvenida con un cartel que dice “Ciudad aromática”, porque cada uno de sus habitantes plantan puro cacao aromático como actividad económica. En una localidad donde hace unos años solo era conocido por el cultivo ilegal de coca y la deforestación maderera, sembrar cacao es síntoma de superación.
Silvia nunca tuvo una formación académica y desconoce las virtudes que tiene su cacao, pero ser un experto no es suficiente para obtener un buen producto. ¿Qué la diferencia de otros agricultores? Ella vive en una zona privilegiada por sus tierras que influyen en la fisiología de su cacao, partiendo desde la temperatura, la lluvia, la importancia de la luz solar, la humedad relativa y el viento. Plantar cacao no solo hace que dejen atrás la economía de la coca, también apoya al medioambiente porque estas captan las emisiones de carbono.
Tal vez ella desconoce gran parte de esto, pero afirma que su cacao es el mejor que hay, al no adulterarlo con químicos y trabajarlo de forma 100% artesanal. Sin embargo, esto no es suficiente. También se necesita un trabajo de expertos en el cultivo (abonamiento), por lo que ahora están trabajando con especialistas de diversas entidades del Estado para obtener el cacao que Silvia sabe que puede lograr.
Hace cuatro años, ella inició con otros 17 socios esta odisea de sembrar cacao, a sabiendas de que no existía un mercado ni la cultura de su consumo en nuestro país. Sin embargo, un ingeniero de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) llevó el cacao que producen sus tierras a Francia y tuvieron éxito. Ese fue su primer empujón para creer en ellos mismos y exportar cacao aromático.
Primero exportaron dos contenedores que sumaban 50 toneladas, luego 100, 600 y ahora firmarán por 1000 toneladas al año de cacao aromático, dice Silvia: “Acá todos siembran cacao aromático y lo mínimo que puede tener alguien es una hectárea”.
El terror que no venció
Sus padres murieron en el departamento de San Martín durante la guerra interna, así que decidieron alejarse de ese pasado y reiniciar todo: nuevas tierras, nuevo trabajo, nueva mentalidad. Se alejó de las plantaciones de coca, que tanto le recordaba ese pasado funesto, y ahora pertenece a la primera generación de su familia que se dedica a sembrar cacao, a pesar del escepticismo inicial de su esposo.
Cuando se mudó a esta zona del distrito de Neshuya, provincia de Padre Abad en Ucayali, vio que varios pobladores ya plantaban cacao y decidió imitarlos.
Por ese entonces Devida, un organismo adscrito a la Presidencia del Consejo de Ministros se encargó de diseñar y conducir la Estrategia Nacional de Lucha contra las Drogas, brindando asistencia ténica para adoptar cultivos alternativos como el cacao, luego de la erradicación de los cultivos ilícitos de la hoja de coca. Silvia, al notar este nuevo ambiente, no dudó en seguir un nuevo sendero en su vida.
— ¿La decisión fue suya?
—Sí —responde con una leve mueca de orgullo.
—Entonces usted toma las decisiones del hogar.
Silvia solo carcajea. No se atreve a mostrar síntomas de superioridad hacia el “sexo fuerte”, aunque en ella se canalice toda la gallardía que puede tener una persona. Cuando el gobernador regional se acerca, parece una vecina más que corre a pedir todo lo que le falta (como agua potable, por ejemplo).
A simple vista pareciese una persona más, pero los foráneos no saben que ella fue la primera persona que se enlistó en esta iniciativa de formar una asociación, para luego ser seguida por otras tres mujeres que vieron en ella un ejemplo a seguir.
Al comienzo había mucho machismo, recuerda. No la dejaban opinar, la callaban o no le hacían caso. Había gente que abandonaba este proyecto, pero ella nunca dudó. Ahora todo ese pasado negativo ha menguado en toda esta localidad.
Cuando le preguntas qué planes tiene, ella se ruborizará pero su respuesta será tan contundente como su cacao.
—No te puedo decir el futuro, porque se hace todos los días. Tenemos el mejor cacao de la región. Estaremos en todo Ucayali, luego en Lima y de allí al extranjero. Creo que todos soñamos con salir del país, ir más allá, porque toda persona tiene sueños. Y los sueños a veces se hacen realidad.
El nuevo rostro del Valle del Monzón
Hace más de una década, este lugar era la meca del narcoterrorismo. Ahora, tras una erradicación histórica de cultivo de coca, la apuesta es otra. Rumbos fue parte de la primera presentación del Valle del Monzón en Huánuco y su nueva ruta turística. Acompáñenos en esta aventura.
Antes, todas las pisadas que habían en el valle del Monzón eran clandestinas e ilícitas. Hoy, todos están acá de forma intencional y aventurera. Durante las dos horas de recorrido de Tingo María hacia el Monzón, el camino está impreso de casas chatas, pequeños riachuelos, parajes verdosos y nubes expuestas como gigantes y densas figuras de algodón.
A pesar que han pronosticado friaje, el sol no tiene clemencia. Las decenas de hogares se presentan con niños y niñas que juegan al borde de la carretera. Varias familias parecen tener al menos tres cosas inminentes: perros, gallinas y cajas de cerveza. Las necesidades básicas de seguridad, alimento y ocio. Todo en plural porque luego de la tempestad nada es suficiente.
Los lugareños mirarán tu movilidad pasar por sus hogares con una extrañeza de doble filo: una felicidad oculta al saber que están llegando turistas a ver la nueva cara del valle, y cierta desconfianza porque no hemos sufrido la guerra armada interna, ese período liderado por Sendero Luminoso que desangró las zonas más pobres del Perú; Huánuco, entre una de ellas.
Pero eso era antes. Victor Pajuelo, alcalde de Monzón, luego te dirá que ahora este es un lugar completamente renovado, pero a pesar que la época subversiva ya menguó, los peruanos tenemos un concepto tergiversado del valle. “Nos encontramos con el tema de mala imagen, por lo que la gente no quiere venir al Monzón. Pero hoy está comprobado que el valle no es el mismo de antes”, señalará.
Dentro del custer que nos transporta —que vendría a ser una imagen del turista que llega por primera vez al Monzón— se reflejan las actitudes de todo buen viaje: los andariegos recuerdan su primera aventura, la dicha del primer beso o las anécdotas que quedan estampadas en nuestra vida. Algunos solo miran por la ventana, serenos, mientras olvidan inconscientemente las escaramuzas del día a día.
El sol que nos chorrea hace que recordemos a Los reyes rojos de José María Eguren: Desde la aurora / combaten los reyes rojos / con lanza de oro. / Por verde bosque / y en los purpurinos cerros / vibra su ceño. O ese otro poema del Argentino, un tal Arabia, que dice: Nos vamos lejos, amigos: / donde las vacas beben / donde la savia fluye. / Nuestros versos necesitan ser juzgados / pero en tierras más salvajes.
El valle del Monzón ya no juzga y ya no es salvaje, solo recibe sumiso a sus turistas. Inclusive, como muestra de que ese pasado no los carcome, tienen un parque cerca de la municipalidad provincial con el símbolo de la coca. Anteriormente, revela Miquer Cornelio, gerente comercial de la agencia de turismo High Tours, solo podían pasar familiares o personas recomendadas por los mismos pobladores de esta zona. Era un lugar exclusivo para aquellos que explotaban las plantaciones de coca, una de las más baratas y de mejor calidad del mundo.
Entre todos estos follajes —donde aseguran que a finales del siglo diecinueve era investigado por el naturalista, explorador y escritor Antonio Raimondi debido a su basta flora—, solo había coca. Inclusive, algunos rumoran que tuvo la presencia de agentes de la DEA (Administración para el Control de Drogas, en castellano), que hasta helicópteros se estacionaban por este follaje y que magnates de perfil mexicano o colombiano frecuentaban al valle.
Pero hoy, el turista sabe que se ha reemplazado la coca por el cacao, café, sacha inchi, plátano, entre otros cultivos. El valle del Monzón se ha quitado ese antifaz malhechor para dar riendas sueltas a todas las virtudes que lo rodean: trekking por las antiguas rutas donde cursaban los incas y posteriormente los españoles hasta la selva del río Marañón, una caminata maratónica por la cordillera Huayhuash, apreciar cataratas donde se puede practicar rapel, y aguas idóneas para deportes como canotaje y kayak.
Este es uno de los pocos destinos turísticos del país que comprende hermosos paisajes acompañados de históricas experiencias, un menú aventurero variado, una carta de platillos y tragos interminables, un clima camaleónico que siempre te mantiene atento y la calidez de su gente que no saben cuándo descansar. Dicen que sus juergas empiezan el lunes y terminan el lunes, y lo que pasa en el Monzón se queda en el Monzón.
En rumbo
En avión de Lima a Tingo María: 50 minutos aprox.
En bus: 15 horas
Desde Tingo María hasta el valle del Monzón son dos horas.
El dato
Para disfrutar de un servicio completo de turismo en Tingo María, deportes de aventura, hasta hospedaje y recojo desde el aeropuerto, contactarse con High Tours. Cel. 962704141 / correos: info@hightoursperu.com – reservas@hightoursperu.com. Hay tours personales, pero los precios varían dependiendo de la cantidad de personas, por lo que es recomendable ir en grupo.
Para disfrutar de un servicio completo de turismo en Tingo María, deportes de aventura, hasta hospedaje y recojo desde el aeropuerto, contactarse con High Tours. Cel. 962704141 / correos: info@hightoursperu.com – reservas@hightoursperu.com. Hay tours personales, pero los precios varían dependiendo de la cantidad de personas, por lo que es recomendable ir en grupo.
sábado, 23 de junio de 2018
Julio Ramón Ribeyro y su decálogo del buen narrador
El escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana. Recibió su primera enseñanza en el Colegio Champagnat de Lima, para posteriormente ingresar a la Universidad Católica del Perú (1946), donde cursó letras y derecho. Abandonó los estudios jurídicos en 1952, cuando se encontraba en el último año de la carrera, al recibir una beca para letras en Madrid, donde comenzó a escribir sus primeros relatos, tiempo después de su consagración, decidió compartir su decálogo del buen narrador. Aquí sus diez pautas:
I. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
II. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real, debe parecer inventada y si es inventada, real.
III. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
IV. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no existe como cuento.
V. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
VI. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
VII. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
VIII. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
IX. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
X. El cuento debe conducir necesaria e inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.
Escribir un cuento, por Raymond Carver
Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.
Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.
Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.
Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.
Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.
En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.
Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.
En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.
Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.
Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir. Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.
La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.
Este texto de Raymond Carver que puede ser considerado como una guía para cualquier escritor, apareció por primera vez en The New York Times Book Review en 1981 con el título de Apuntes de un narrador. Las fuentes informativas y de imagen para esta nota fueron de: Literatura US y Libertad bajo palabras.
63 libros imprescindibles para Jorge Luis Borges
«A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que a los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. "Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer", dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Sé que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió. Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción, singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. "La rosa es sin porqué", dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía "El arte sucede". Ojalá seas el lector que este libro aguardaba».
Prólogo del libro Biblioteca Personal, el compendio de aforismos que Jorge Luis Borges escribió para las cien obra que consideraba de lectura imprescindible pero que no llegó a completar.
Estos son los 63 títulos:
- Julio Cortázar: Cuentos
- Evangelios apócrifos
- Franz Kafka: América. Relatos breves
- Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos.
- Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
- Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
- Henrik Ibsen: Peer Gynt. Hedda Glaber
- José María Eça de Queiroz: El mandarín
- Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
- André Gide: Los monederos falsos
- Herbert George Wells: La máquina del tiempo. El hombre invisible
- Robert Graves: Los mitos griegos
- Fiodor Dostoievski: Los demonios
- Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
- Eugene O’Neill: El gran dios Brown. Extraño interludio.
- Herman Melville: Benito Cereno. Billy Budd. Bartleby, el escribiente
- Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano. El piloto ciego. Palabras y sangre
- Arthur Machen: Los tres impostores
- Fray Luis de León: Cantar de cantares. Exposición del Libro de Job
- Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas. Con la soga al cuello
- Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
- Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
- Hermann Hesse: El juego de los abalorios
- Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
- Claudio Eliano: Historia de los animales
- Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
- Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
- Marco Polo: La descripción del mundo
- Marcel Schwob: Vidas imaginarias
- George Bernard Shaw: César y Cleopatra. La comandante Bárbara. Cándida
- Francisco Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos. Marco Bruto
- Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
- Sóren Kierkegaard: Temor y temblor
- Gustav Meyrink: El Golem
- Henry James: La lección del maestro. La vida privada. La figura en la alfombra
- Heródoto: Los nueve libros de la Historia
- Juan Rulfo: Pedro Páramo
- Rudyard Kipling: Relatos
- Daniel Defoe: Moll Flanders .
- Jean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
- Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos
- Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
- Selección de Antoine Galland: Las mil y una noches
- Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes.
- León Bloy: La salvación por los judíos. La sangre del pobre. En tinieblas
- Poema de Gilgamesh.
- Bhagavad-Gita
- Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
- David Garnett: De dama a zorro. Un hombre en el zoológico. La vuelta del marinero
- Jonathan Swíft: Viajes de Gulliver
- Paul Groussac: Crítica literaria
- Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
- Juan Ruiz: Libro de buen amor
- William Blake: Poesía completa
- Hugh Walpole: En la plaza oscura
- Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
- Edgar Allan Poe: Cuentos
- Publio Virgilio Marón: La Eneida
- Voltaire: Cuentos
- J. W Dunne: Un experimento con el tiempo
- Attilio Momigliano.: Ensayo sobre el Orlando Furioso.
- William James: Las variedades de la experiencia religiosa. Estudio sobre la naturaleza humana
- Snorri Sturiuson: Saga de Egil Skallagrimsson
5 escritores deportistas
En la foto podemos observar la audacia creativa de Jack Kerouac, exintegrante del equipo de fútbol americano de la Universidad de Columbia y tiempo después, uno de los máximos representantes de la Generación Beat. El autor de «En el camino» desarrolló una gran habilidad en el campo de juego y aunque la fiesta le duró poco debido a una grave lesión que tuvo que afrontar al fracturarse la pierna, la imagen perduró y nos incentivó a buscar más escritores deportistas, así encontramos a:
Ernest Hemingway
Hemingway además de pescar, cazar y torear, fue un buscón de peleas callejeras, capaz de improvisar cuadriláteros en mitad de las calles y de transformarse en entrenador profesional por un par de días. En una ocasión dijo: «mi escritura no es nada, mi boxeo es todo», y es que fue un destacado armador de líos, disfrutaba colocarse los guantes y escribir sobre eso. Se dice que noqueó de un solo golpe a un campeón francés de peso mediano, que retó al escritor John Dos Passos y que intentó enseñarle este deporte a Ezra Pound.
Albert Camus
En 1930 Albert Camus era el san Pedro que custodiaba la puerta del equipo del fútbol del la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ese era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revisaba las suelas y le pagaba una paliza si las encontraba gastadas. También aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles.
David Foster Wallace
Con su característica apariencia de geek, es complicado imaginar que uno de los escritores estadounidenses más aclamados de los últimos años hubiera practicado al tenis. Entre los catorce y dieciocho años, Foster Wallace participó en varias competencias regionales en Illinois, Indiana y Michigan, pero era un jugador un tanto rebelde. «El tenis como experiencia religiosa» es el título del último libro que dejó sobre su escritorio y allí escribe sobre US Open, Roger Federer y Rafael Nadal.
Lo que comenzó como un plan para bajar de peso, se convirtió en un hábito imprescindible en la vida del escritor japonés. Ya sea al ritmo de alguna canción de moda o con la nostálgica Norwegian wood, melodía que nos remonta a su libro «Tokio Blues», él disfruta correr largas distancias mientras piensa en todo y nada. Y desde hace algunos años participa en cada maratón que se le atraviesa y ha consolidado una estrecha relación entre la literatura y el atletismo.
El nuevo conquistador del fútbol peruano
André Carrillo está valorizado como el jugador
más valioso del fútbol peruano en el mercado internacional, mientras que
Claudio Pizarro está en su peor situación. La ‘Culebra’ está valorado en 6
millones de euros, mientras que el ‘Bombardero’ está en 500 mil.
Viste el número 18,
pero en realidad es el primero. André Carrillo (28) lidera la lista de los
jugadores más valiosos del Perú por 6 millones de euros, seguido por Raúl
Ruidiaz (5 millones), Paolo Hurtado (4 millones) y Cristian Benavente (4
millones).
Carrillo, quien ha
jugado los dos últimos partidos completos en la Copa Mundial, se encuentra en
uno de los mejores momentos de su carrera profesional, mientras que Claudio
Pizarro pasa por una de sus últimas facetas deportivas. Pizarro, quien debutó
en 1999 bajo la batuta de Juan Carlos Oblitas, está valorizado en 500 mil euros
en el FC Köln. Durante su carrera deportiva ha realizado 20 goles en 85
partidos en la selección, ha levantado la copa en la Champions Leage con el
Bayern, ha sido seis veces German Champion con el mismo equipo, entre otros
trofeos, y actualmente figura en el ranking de mejores delanteros para la UEFA
Champions League, al lado de Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo y Marcelo.
A pesar de todos los galardones
obtenidos a lo largo de su carrera y de ganarse el apelativo de ‘El bombardero
de los Andes’, Pizarro ha dejado de darle alegrías a su país. Su presencia es
una raya que el ‘Tigre’ ya no quiere tener, tras haberle dado chance en el
comienzo de su planteamiento. Para el periodista y escritor Pedro Canelo, esto
se debe a su estado físico. “No es un tema contra Claudio Pizarro. Por razones
de edad y resistencia física han quedado fuera otros jugadores como Carlos
Lobatón. Son los criterios de Ricardo Gareca y eso no va a cambiar”, señala.
Mientras que para los analistas Claudio Pizarro tiene
191 goles en la liga alemana. 19 títulos en el extranjero 60 partidos con la
selección Perú en los que marcó 25 goles.
BBC, cuando se trata
de jugar para la selección se desgranan sus estadísticas con el seleccionado,
especialmente lo que fue en el proceso clasificatorio. “En 17 años jugando
eliminatorias sólo tres pases de Pizarro terminaron en gol. Él ha hecho seis
anotaciones en las cuatro eliminatorias en que participó, mientras que entre
Jefferson Farfán y Paolo Guerrero han marcado 25”, señala el artículo. Inclusive,
una encuesta realizada por IPSOS reveló que el 82% de los peruanos no quisieron
que Pizarro sea parte de los escogidos para ir a Rusia 2018.
Por otro lado, tenemos
la figura fresca de algunas jóvenes promesa, entre los que resalta Carrillo, el
cual ha sido una de las piezas más resaltantes tanto por las jugadas
individuales y grupales durante la Copa del Mundo. El jugador del Watford de la
Premiere League, está también entre los 11 jugadores más valiosos de dicho
equipo, ocupa el puesto 87 entre los más valiosos de su posición (“Extremo
derecho”) y en el puesto 1100 entre los más valiosos del planeta.
The Post: la guerra por buscar la verdad
The Washington Post
dejó de ser un pequeño periódico local cuando publicaron los Papeles del
Pentágono. Era mediados de 1971 y la presidenta del diario, Katharine Graham, tenía
que decidir entre publicar o no un informe de alta confidencialidad sobre la
Guerra de Vietnam. Graham, la primera mujer que lideraba un diario en la
historia de Estados Unidos, se veía forzada a vender más de 3 millones de
acciones a la Bolsa de Valores para sobrevivir; mientras que, por otro lado, un
fallo judicial obligaba a los diarios a no difundir nada sobre los Papeles del
Pentágono, documentos que su diario había adquirido mediante una fuente.
Entre el dilema de
arriesgar la rentabilidad de la compañía e ir a la cárcel por desacato, surge
“The Post”, una potente película protagonizada por Meryl Streep, que hace de
Katharine Graham, y Tom Hanks que encarna a Ben Bradlee, editor del diario.
Por ese entonces, The
Post era un pequeño diario que vivía bajo la sombra del The New York Times: no
tenían sus ventas, ni sus investigaciones, ni su envergadura y posicionamiento
nacional e internacional. Pero no fue hasta la mañana del 13 de junio del 71,
cuando la redacción de The Post sintió la más fuerte estocada. Trataban de
digerir el informe que todo periodista hubiera deseado publicar en ese momento:
“Vietnam Archive: Pentagon Study traces 3 decades of growing U.S. Involvement”
(Archivo de Vietnam: Un informe del Pentágono rastrea tres décadas de
intervención creciente de EE.UU.). Ese fue el titular del Times.
Tom Hanks, en su
sobrio rol de Ben Bradlee, no soporta la idea de que el Times esté siempre un
paso adelante. En un ataque de cólera ante la diferencia de portadas (ese día
The Post había publicado en titulares las fotos de una boda), decide visitar a
Katharine Graham, porque se movía con fluidez entre personajes de las altas
esferas del poder, como McNamara, secretario de Defensa hasta 1968. Katharine
tenía buenos lazos entre políticos y personalidades, porque se crio en la alta
sociedad con toda la educación propia de su alcurnia. A pesar que estudió
Periodismo, su padre no la consideró para heredar el diario tras su muerte,
sino que escogió a su esposo Phillip Graham, un abogado egresado de Harvard. Al
morir, Katharine hereda la empresa, enfrentándose a los
comentarios sexistas de la época.
Su editor Ben Bradlee la visita para
pedirle que use sus influencias para acceder a los archivos, pero se niega. No
publicar los Papeles del Pentágono era un alivio, porque no afectaba su venta
de acciones. Ben era el típico editor sabueso que no se detenía hasta lograr
que la verdad salga a la luz. Tras
una serie de eventos, un miembro del cuerpo periodístico logra ubicar a Daniel
Ellsberg, el que filtró los documentos originalmente al Times. Él había
participado en la elaboración de un estudio ordenado por el Departamento de
Defensa, o Pentágono, sobre la evolución de la guerra en Vietnam durante los
gobiernos de Eisenhower, Kennedy y Johnson, los cuales ocultaron a su país que
la guerra en Vietnam estaba perdida, pero no revelaban nada para sus intereses políticos.
—Mandaban a matar a
jóvenes para que se evite la deshonra de perder.
Daniel Ellsberg le
dice estas palabras a Ben Bagdikian, otro de los editores de The Post, que
logra contactarse con él tras la sentencia emitida contra el Times. Nixon, el
presidente durante el complot, seguía el hilo. Ellsberg inicialmente le dio una
copia a Sheenan y el 13 de marzo de 1971, para humillación del Post, el Times
publicó la primicia. Tras esto contacta a Ben y éste llega a persuadir, con el
apoyo de Ben Bradlee, para que se publique en el Post.
Los periódicos más
importantes de Estados Unidos se unían a una lucha nunca antes vista por la
libertad de expresión, porque también atentaban contra la Primera Enmienda. The
Post veía la primera aurora que haría que esté a la altura de The New York
Times.
—Seguimos de nuevo
en el juego —dice durante la película el editor, frotando sus manos, como quien
está a punto de cocinar algo delicioso. “Seguir en el juego” era una frase
típica de Ben Bradlee para manifestar que aún le estaban pisando los talones al
Times.
Pero todo solo se
volvía más difícil. El editor en jefe, Ben, tiene que hablar con Katharine
Graham para que lo apruebe. Al fin y al cabo, era el diario, los trabajadores y
especialmente ella los que se llevaban la peor parte. Graham tenía una relación
amical con McNamara, pero su editor le recuerda que ella también tiene una
relación con el diario, con sus lectores, con la población estadounidense.
En una disputa
anterior, Ben Bradlee le recordó que antes los periodistas y políticos asistían
a las mismas cenas, a los mismos cocteles, bebían los mismos tragos y fumaban
habanos mientras contaban chistes y se peleaba una guerra. Pero eso tenía que
cambiar. El mismo Ben había sido un gran amigo de Jackie Kennedy y Graham había
visitado al rancho de los Lyndon y subido a su avión, como amigos. Tenían que
tomar una decisión, así que tras consultarlo con sus abogados y a sabiendas de
un posible negativo desenlace, deciden publicar el informe. Lo demás es
historia.
El thriller
periodístico dirigido por Steven Spielberg es bien manejando con un lenguaje
visual rico, con contraluces y claroscuros propicios. Tal vez la escena
dramática mejor lograda, es cuando Ben entrega a Graham una bolsa con varios
periódicos locales que siguieron su ejemplo y decidieron replicar su destape.
“Una pequeña rebelión”, como dice humildemente uno de los editores. Cuando
llega al tribunal, Katharine Graham sale y los directivos del Times hablan con
la prensa, mientras que ella camina sola por un lado y, sin darse cuenta, yace rodeada
de una cadena de mujeres de todos los rasgos mirándola, como haciendo una
reverencia. La única escena con ese toque, porque Graham siempre estaba rodeada
de hombres. En tiempos de NiUnaMenos, MeToo, y de la posverdad, esta película
juega con varios elementos acorde a nuestros tiempos.
La toma final de la
imprenta brinda un tufillo contextual preciso, rememorando la etimología de la
misma palabra “prensa”. Le dan especial énfasis a la escena, porque muestran minuciosamente
el proceso de la producción de un diario: los engranajes, palabra por palabra
prensándose, los maquinistas tecleando y los hombres con bata midiendo cada
pieza. Los diarios vomitados por una enorme máquina y los editores caminando
entre ellas, rodeados de periódicos que desfilan, que suben y bajan, que se
producen para luego terminar en un quiosco o arrojados por los canillitas en
las puertas de las casas.
“Los fundadores le dieron
a la prensa libre la protección que debe tener para cumplir su papel esencial en
esta democracia. La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”.
Luego de terminar la película, estas palabras emitidas por el juez al dar su
sentencia, pone fin a la cacería de brujas y resuena como una máxima. El
periodismo y la política son dos fuerzas que interactúan, pero que siempre
están a la vanguardia del otro. Pero, al menos por una ocasión específica, la
libertad de prensa en Estados Unidos fue más radiante que nunca.
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